Fototropía de Chacín.

 

Bogotá, La Habana, Roma, París… Escenarios múltiples, academias diversas, contextos disímiles. Viajes, fugas, acaso desplazamientos forzosos de este joven creador oriundo de la ciudad colombiana de Santa Marta, quien parece insistir en un tipo de conflicto que se ha expandido por amplias zonas geográficas del llamado Sur. Su voz habla siempre desde un estremecimiento particular, nacido de su entorno originario, que se ha visto reproducido cada vez más aceleradamente a escala planetaria.

Fototropías  es un conjunto sobre la pertenencia en la época de las comunicaciones globales. Es una instalación que nos habla sobre aquello que nos ata sin que podamos invocar razones con demasiada cordura.  No importa que esa atadura represente un espacio geográfico, una religión, toda una cultura, una necesidad biológica  o un amor…La pertenencia puede ser lo mismo el lastre de la diáspora, la soledad del viajero, la nostalgia del emigrado, la pauta de una civilización, o el camino archiconocido de las aves. Y lleva consigo su obligado corolario: el contrapeso  de vivir a la deriva, el instinto de volver, cierta historia con la muerte.

 

En Fototropía la valija de este contumaz viajero colombiano ha sido cuidadosa pero firmemente anudada. Ignoramos si de modo espontáneo o forzado, esas ataduras impiden la partida definitiva y proponen un perenne cordón umbilical. Nadie se podrá marchar del todo, mas nadie se quedará para siempre. Se dibuja entonces una vida compendiada en la incertidumbre del regreso; una vida de aquí y de allá. Con hierro, cemento y cuerdas de toda condición pretende el artista fijar una pertenencia que se le ha hecho movediza y esos recios materiales subrayan la agonía del impedimento. A la tierra, a la cuna primera, sujeta el artista las valijas que encierran la vida del viajante. Fijadas en maceteros domésticos, o a ras del suelo en ciertos dibujos, las valijas quieren hincarse en un universo preexistente, en algo muy sólido que ha existido antes del viaje.

 

Ese universo primero que nos determina podría significar tanto las aguas cálidas buscadas por los peces para desovar, como las tierras propicias en que germinan ciertas semillas, la piedra sagrada donde rezar o el pueblito donde viven tus ancestros. Chacín parece pensar en todo tipo de movimiento y de trasiego de especies. La Tierra entera simula debatirse en un desplazamiento que la sensibilidad del creador percibe amenazado biológica y socialmente. Como si el camino hacia la benefactora luz que necesitamos como seres vivos se nos hubiese desdibujado y convertido en desventura.

 

Ese camino pudiera significar también la ruta de la muerte que atraviesa la topografía centroamericana en pos de una frontera soñada como salvadora. Ese camino sería el de una simple planta que persigue su fotosíntesis o el de un hombre en busca de trabajo.

Magníficos dibujos marchan paralelos a la instalación, donde cobran vida valijas siempre sujetas y amordazadas por una variedad de peligros y ataduras de amplia gama. El creador está estableciendo un rasero común para todas las especies que habitan el planeta, dejándonos entrever cómo las decisiones macro sociales, las políticas, los imperativos económicos, los disensos sociales, las inequidades o los desgastes ecológicos son fuerzas que atentan contra nuestra capacidad de caminar hacia la luz.

El peligro de exterminio de los bosques de la Amazonía o las leyes antiinmigrantes son impedimentos que obstaculizan llegar a esa luz que el hombre necesita. Son fototropías denegadas por el ordenamiento actual del mundo. Son fototropías las pérdidas irreparables de una especie degradada por la acción del hombre, que hubiera borrado el instinto de retornar a su hábitat. O son fototropías las del sujeto, alienado entre el quedarse y el ir.

 

En el escenario latinoamericano pueden encontrase creadores y obras que han sido igualmente atraídos por esta dicotomía contemporánea. Las enormes desigualdades entre las gentes, los millones de seres desposeídos y un enorme poderío económico que dibuja la vida de todos, acrecentando y multiplicando esas diferencias para sostenerse, empujan a millones de seres al desplazamiento.

 

Hoy padecemos la pandemia de la incertidumbre.  El hogar es este lugar en el que estamos y también el sitio distante con el que soñamos, el viaje que emprendemos y la ansiedad del retour. El hogar ha salido de casa, se ha diseminado por entre espacios no previstos, tomándonos desprevenidos.

 

Incluso el tiempo y el espacio se han tornado diferentes, como si otra física impusiera sus preceptos. Entramos en contacto con culturas que parecen vivir en otro presente histórico, similar a un pasado, mientras que, en otras, el tiempo corre rápido y se precipita ágilmente por la pantalla del televisor. Los gigantescos traslados de personas y familias, forzosos o voluntarios, cambian las nociones de distancia, mientras que la mensajería electrónica parece ser la gran vedette de la comunicación humana.  ¿Cuál es hoy ese patrimonio que me plasma como morador?

 

Con artistas como kcho hemos emprendido viajes por el mar. Desde las ventanillas de una instalación de Sandra Ramos vislumbramos los objetos fantaseados del consumo.    Podemos viajar en los capós de la mexicana Betsabé Romero y auxiliarnos con los inusitados mapas de Buenos Aires de Jorge Machi si extraviáramosmos la ruta. En algún lugar nos esperarán las arquitecturas a la vez imaginarias y reales de Garaicoa, mientras Abel Barroso fabrica un puente desde cuyos extremos pueden verse paisajes de dos ciudades totalmente diferentes.

 

Si fuéramos nuevos nómadas no nos dañaría el sentido del regreso. Pero, ¿si somos un camelo y acarreamos nuestro mundo en una maleta como nos dice Cildo Meireles? ¿Será cierto que cualquier lugar es buen sitio para vivir? ¿Por qué emigramos entonces? ¿Por qué muere tanta gente tratando de alcanzar otra orilla, otro mar, otra tierra, otra frontera, otra calle, otra casa?

 

Chacín ha optado por amarrar sus valijas. Ha sentido este gran dilema de hoy en lo que guarda de contradicción y de ambigüedad. Y le ha agregado un componente ecológico que es muy particular a su sensibilidad, exhortándonos a pensar el asunto desde perspectivas que van más allá del hombre y que implican a todos los seres vivos del planeta.

El Caribe en que vivimos tiene muchas razones para moverse, pero a la larga esas razones se parecen mucho a las razones de todo el Sur. No hay libertad para escoger el lugar del mundo donde plantar un árbol, una semilla, una humilde casa. Hay propiedades, fronteras, leyes, políticas, diferencias y economías para decir que no. Y la gente huye, corre, se escapa, palpita, sueña, se vuelve atrás, recuerda…Y por huir, correr, escapar, palpitar, soñar, volver y recordar puedes morir, caer preso, infringir leyes, ser deportado y humillado.

 

El mundo parece ya no pertenecernos como antes y llevamos a cuesta nuestra memoria que, acaso, sea nuestro único hogar.  Le asiste razón a José Luis Brea cuando expresa que hemos visto decaer “las Grandes Máquinas productoras de identidad” y presenciado el surgimiento de otras como la mercancía. Para suerte nuestra, existen aún esas obras que investigan las contradicciones y ambigüedades de nuestras plurales identidades. Obras que bien pudieran suscribir, como apunta García Canclini, el hecho de alejarse tanto de los estereotipos de una globalidad disolvente como de los más persistentes localismos folclóricos. Un arte que no se ha ido del todo ni ha vuelto todavía.

 

© Corina Matamoros,

Curadora del Museo Nacional de Bellas Artes, CUBA.

La Habana, noviembre 2011

FOTOTROPIA por Corina Matamoros
Curador del Museo Nacional de Bellas Artes Havana, Cuba

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